El hoy no es más que el recuerdo del ayer y el mañana, el sueño de hoy.

domingo, 13 de marzo de 2011

PROYECTO DE DIOS PARA LA HUMANIDAD 2

SALIR DE “NUESTRA TIERRA”
Los Patriarcas y matriarcas: Abrahán y Sara, Isaac y Rebeca, Jacob y Raquel, prototipos de las personas que ponen su confianza en Dios protagonizan los primeros pasos de la formación de Israel como pueblo. 
Éste itinerario comienza con una Alianza o pacto, al estilo de los pactos  de los Jefes y sus vasallos, como era costumbre en la época, con los llamados Patriarcas, jefes de un clan con vínculos familiares. Estos hombres de fe son invitados por Dios a participar, cooperar y a ser corresponsables de un plan capaz de satisfacer los anhelos y esperanzas de un hombre y una mujer concretos, de una familia específica y también de un pueblo. Por último  de la humanidad entera. 
De este modo a través de personas concretas que se dejan guiar por
Él, Dios lleva adelante su plan de Salvación para la humanidad, que
no es otro sino el Reino de Dios, al que todos estamos invitados a
construir. En un mundo de hermanos,  en armonía con la naturaleza
y en comunión con un Dios. 
Así vemos en la segunda parte del génesis como Dios establece con
 Abrahán una Alianza, Esta Alianza consiste en que, (Génesis 17,
4-8) Dios le  promete  una gran descendencia y una tierra y Yavé
  será su Dios y el de sus descendientes. La circuncisión a los
varones será la señal de pertenencia a esta Alianza. La importancia
de tener descendencia, llegados a este punto,  es tan grande que
Sara está dispuesta a aceptar que Agar, esclava egipcia, mantenga
relaciones con su marido,  para satisfacer así su deseo maternal
(Génesis 16,2).
En Génesis 17, Abraham recibe el anuncio del nacimiento de Isaac a través de un oráculo divino que sirve de modelo, tanto en el Antiguo como en el Nuevo testamento, de varios anuncios natales muy parecidos relacionados con mujeres estériles. Dios dice que “Sara se convertirá en madre de naciones y Reyes de pueblo saldrán de ella” (Génesis 17,16).
 “Un arameo errante era mi padre” (Dt 26, 5). Con esta frase se describe la tríada de patriarcas del pueblo de Israel: Abraham, Isaac y Jacob. Define, por un lado su condición de arameo,  y, al mismo tiempo, su  condición antropológica, errante. Las personas y los pueblos pertenecemos también a una raza, nación, pueblo concreto, tenemos una identidad, unas peculiaridades que nos definen y por las cuales somos  identificados.
Los relatos de los patriarcas, en general, definen al pueblo a partir
 de “genealogías” que afirman su identidad por sus antepasados
afirmando también con ello sus derechos: a la tierra de Canaán y
demás bendiciones prometidas por Dios. Los patriarcas, Abrahán,
 Isaac y Jacob fueron constantes peregrinos.
El mandato de Dios a Abrahán: “Sal de tu tierra, de tu patria y de
la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12,1), más
que un itinerario de viaje, desde el punto de vista geográfico,
propone una forma de vivir desde un marco existencial. Abrahán se
 pone en camino, sin saber muy bien a dónde va, sólo fiándose de la
promesa de Yavé.  La promesa de la tierra, es el elemento esencial
 de la fe de Israel. 
También el género humano en su conjunto, no es “dueño de la tierra”, no la ha conquistado, la ha recibido como don, como regalo. Vive en ella de forma provisional; la que otros le han dejado, y que a su vez heredarán los que vienen después.  Ésta parece ser nuestra condición humana, la de ser itinerantes, “vivir de paso”.
Dios, en todo este proceso nos pide “salir de nuestra tierra”, de nosotros mismos, de nuestros propios esquemas para dejarnos sorprender por Él. Así vemos cómo se van rompiendo poco a poco cada uno de los esquemas que aquellos hombres y mujeres de fe se habían prefijado. Los de Abrahán, que para encontrar la tierra nueva que le mostrará debe abandonar la que ya posee con cierta estabilidad en su propia patria; los de Sara, que no se cree que pueda tener un hijo a su edad; los de Agar, a quien Dios se le revela como el Dios del camino, Gn 16.9-11. Un Dios que, para el mundo semita es significativo, que pueda ser nombrado por una mujer.
Está claro que, cada uno desde su libertad, puede optar por
construir su propio destino según su criterio o, en este caso, el que
nos propone éstos textos bíblicos,  optar por la obediencia de la Fe.
Es decir, poner la confianza en Dios y, guiados por su palabra,
caminar… sin saber muy bien a dónde vamos… Cada una de las
dos opciones entraña riesgos. Ambas, sin embargo, igualmente
respetables. La cuestión es,  ¿está realmente alienado quien se fía
de Dios para proyectar su vida, presuponiendo su existencia, como
 teorizan algunos?, ¿es más libre quien construye su vida sobre sus
propios criterios de razón?, ¿Se excluyen mutuamente ambas
posturas?, ¿se puede decidir fiarse de la palabra de Dios, darla por
válida y al mismo tiempo ser razonable?... Los que creen tener la
absoluta razón, tanto de un lado como del otro… ¿no serán igual de
 fundamentalistas?, ¿habría mucho inconveniente si cada uno lo
 intenta como le parezca más conveniente sin prejuzgar al otro?... 
En todo caso,  dos ideas de éstos extos: primero, participar del plan
 de Dios es una invitación a la que me puedo adherir o no; segundo,
 fiarse de Dios y su palabra es arriesgarse a “destartalar” los planes
 propios  en un reajuste continuo donde los sueños se cumplen de
forma inesperada  por procedimientos poco previsibles.